¡Porque el quehacer del bailarín no se limita a bailar! por Zulai Macias

¡Porque el quehacer del bailarín no se limita a bailar! por Zulai Macias

Las siguientes consideraciones parten del gran estimulo que las inquietantes le han dado a mi pensamiento, a esas reflexiones que si no se comparten y debaten se convierten en la búsqueda de un “lenguaje propio”, corriendo el riesgo de volverse solipsistas preguntas que acaban reproduciéndose a sí mismas.

Dicho lo anterior, quiero empezar diciendo que, el tiempo invertido por cada una de las participantes en el taller Inquietando, me parece un esfuerza, además de necesario, sumamente comprometido con el quehacer dancístico. Y es que cada una de nosotras sabemos que hacer danza no se limita a bailar, a entrenarse, a ganarse becas o a participar en un premio. No. Me parece que dedicarse a la danza implica habitarla, andar por todos sus recovecos para fracturarla y reconfigurarla, para cuestionarla y movilizarla.

¿Y quién soy yo para decir que reproducir patrones de movimientos, bailar unísonos corales que ilustran la música, perpetuar modelos de construcción coreográfica y jerarquías que van del coreógrafo al público, pasando por el bailarín, son formulas que ya nada aportan a este quehacer? No soy nadie, pero sí puedo afirmar que, desde el lugar en el que he elegido trabajar con y por la danza, posición que siempre será subjetiva y que, dicho sea de paso, es desde donde siempre escribo, me inclino por un quehacer dancístico que asuma, conscientemente, la responsabilidad que trae cada forma de abordar al cuerpo y a la escena.

Asumir el compromiso con el propio trabajo, pero también con el otro, con el que aviva sus sentidos para ser partícipe de cada propuesta, ya trae implícita una postura política: escoger con quién se va a trabajar, cómo se va a trabajar, decidir qué papel jugarán los asistentes, en qué espacio se llevará a cabo la acción, etcétera, ya dibuja un posicionamiento electivo que trae consigo una carga política.
En este punto vale la pena señalar que, para mí, lo político de una coreografía no tiene que ver con el tema a tratar, con la justificación venida desde la historia de vida de una guerrillera, de una abierta afiliación política o de una crítica al sistema en el que vivimos. Quizás en esos casos estemos frente a lo que se ha denominado la macropolítica, esa que aborda temas que el mismo régimen ha visibilizado, temas que se pueden denunciar y señalar literalmente en el escenario; sin embargo, si la construcción coreográfica aún se inscribe en la jerarquización clásica, ésta sigue reproduciendo el entretejido que, desde la obscuridad, cimienta estados de cosas que parecieran inamovibles, estáticos, trascendentales, ideales, enmarcados… quietos. Entonces, esa obra aún está instalada en aquel régimen de las formas ya bien conocidas de crear y ver danza, que acepta y sigue por inercia lenguajes establecidos, sea cual sea el tema abordado, y que no genera más que cuerpos embellecidos y espectadores adormilados.

En esta misma lógica, mientras veía alguna de las entrevista que en el marco del taller Inquietando se realizaron a los coreógrafos participantes en el “Premio de premios”, me preguntaba: ¿Cómo pueden decir que el público es sumamente importante si la mayoría de las obras están pensadas para montarse en el tradicional teatro a la italiana? Y es que desde la geometría de estos teatros, llámese Teatro de la danza o Teatro de la Ciudad, el bailarín se envuelve en una onda aurática, fantástica, inalcanzable, incuestionable, interponiendo una distancia que sólo genera admiración, que no apela a una interlocución, porque desde el Olimpo se borra la fragilidad del cuerpo, que como el mío, que como el tuyo, cada segundo se descompone, porque desde la cuarta pared que aterra atravesar, el otro, el público, queda borrado, olvidado, y lo único que lo recuerda es la ovación final de los aplausos que, una vez más, sólo dice admiración. Nada hay que cuestionarle a esos cuerpos perfectos porque ellos han digerido todo y nosotros sólo vamos a mirar.

Efectivamente, ya en el recuento que se hizo alrededor de las 45 coreografías presentadas en el último premio INBA-UAM, según categorías que desde siempre se advirtió que eran arbitrarias (es decir, en ningún momento se presumió haber usado algún instrumento estandarizado para generar resultados precisos y apegados a la “verdad”), se estimaron tres obras en las que se intentó romper con la imaginaria cuarta pared, y sólo cuatro en las que los cuerpos de los bailarines no respondían a los cánones que la academia y nuestro imaginario nos han impuesto… desde el ballet. Particularmente me produce gozo ver estos cuerpos, tan ágiles y, pareciera, sin limite alguno, pero ¿luego? Luego nada, los minutos que dura la pieza dejan de producir sentido y uno empieza a mirar desde la inercia de la mirada automática, esa que mira sin mirar… o que mira por mirar.

Es por ello que el taller Inquietando adquiere gran importancia en mi quehacer, porque abrió la reflexionar sobre la manera en que cierta régimen estético ha impuesto una visión de la danza, dentro de la que todas, o casi todas, fuimos formadas. Lo animoso de cada una de las que nos sentimos convocadas por este espacio es que, alguna insuficiencia derivada de estas formas quietas, nos inquietaron y nos llevaron a preguntarnos cómo, desde nuestro quehacer, podríamos, por lo menos, cuestionar ese régimen que dicta maneras de hacer danza.

Sabemos que impulsar e incidir en la reconfiguración de tales modos es una tarea difícil y que requiere de un arduo trabajo desde la propia trinchera. Pero es seguro que, a partir de los cuestionamientos que cada una ha hecho por su parte, aunados a los que, día a día, debatimos durante el taller, se asoman propuestas para dejar de mirar a la danza como el mero embellecimiento de alguna realidad. Así, me parece que hemos empezado a ejercitar la mente para volverla provocativa, para repensar la relación entre este arte y la vida, no como una reconciliación sino como una experiencia de ruptura con lo inamovible, como una fractura que arroja a la confusión, a la búsqueda permanente de sentido y a la generación de experiencias capaces de incidir en formulas exitosas (exitosas a juzgar por el aplausómetro), para cuestionar al régimen que asigna lugares, que incluye y excluye, que limita y encasilla.

Así, dentro de este contexto me parece importante replantear aquella danza aurática, que pide observar lo irrepetible desde el recogimiento propio de una actitud absorta, cuasi religiosa, para dirigirnos a una nueva forma de entender la experiencia, en donde el artista sea considerado, más que como genio, figura lejana y ajena al otro, como un productor partícipe de un tiempo y un espacio concreto, rompiendo, así, con formas ideales que ocultan rasgos constitutivos y procesuales. Entonces, por consiguiente, se apela a la construcción de coreografías en las que el movimiento se genere a partir de corporalidades particulares y cuerpos en escena presentes desde su propia experiencia.
Así, debemos trabajar por una práctica capaz de esbozar modos de irrumpir la actualidad, que impulse a transformar las formas acabadas y privilegiadas, para enunciar experiencias artísticas siempre en proceso de reconfiguración de ellas mismas y del contexto al que apelan. Entonces, la tarea de repensar nuestra práctica como un régimen cuestionable, se inscribe dentro de lo que Rancière considera la política verdadera, aquella que cuestiona y trabaja, quizá desde gestos mínimos, por reconfigurar prácticas enmarcadas en cuerpos ideales, patrones de movimiento bien definidos e identificables, teatros de cuatro paredes y en relaciones verticales.

De este modo, inicia un desplazamiento que provoca una libertad en la selección de significados y procedimientos, lo que apuntala una gran responsabilidad que no puede ser ignorada: la de trabajar, cotidiana y congruentemente, por una danza ya no como distracción, entretenimiento o como la muestra del virtuosismo corporal, sino como un arte que busca denunciar las insuficiencias del mundo que no se alcanza con la mera representación, para, entonces, accionar, más que sentimientos interiores y miradas automáticas, un quehacer que exija públicos curiosos, bailarines que cuestionen las formas de accionar del coreógrafo, coreógrafos arriesgados y piezas de danza sin monopolios de significación dictados por una técnica o una academia, fortaleciéndose, entonces, el roce entre fronteras disciplinares.

Enfrentar el panorama de este quehacer en nuestro país hace imprescindible la labor de generar herramientas conceptuales y espacios de diálogo que posibiliten la apertura al conflicto de interpretaciones y a las tensiones de fuerzas que actúan en le entorno, en el otro y en el propio cuerpo. Es por ello que me parece que las horas que hemos invertido escuchando, escuchándonos y filosofando sobre danza, son un grandioso intento por sacudir y rehacer la danza. Y si en las escuelas nos han enseñado que la práctica dancística es ajena a las discusiones que han versado sobre el arte y la estética, por lo que el bailarín se vuelve equivalente al entrenamiento corporal sin ningún tipo de cuestionamiento, hoy estamos en el lugar correcto: desde nuestra práctica, desde sus creaciones, desde nuestras reflexiones, ¡inquietantes, sigamos inquietando!

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